Debo decir en honor a este gran cineasta, autentico monstruo de la imagen, que Josef Von Sternberg tiene una biografía muy especial. Todos sabemos que el maestro tenía mala fama, seguido de un peculiar carácter, pero cómo todos los grandes, ni mas ni menos, como Alfred Hitchcock, Elia Kazan, su amigo Cecil B. DeMille, por citar solo algunos. Pero Sternberg dejó su propia autobiografía plasmada en su libro "Diversión en una lavandería china". El libro no tiene desperdicio y vale la pena leerlo. Es un reflejo de una época y de un personaje culto, que desde la nada y con una situación económica desesperada, luchó y creció, contribuyendo a hacer que el cine pudiera denominarse con el tiempo: Séptimo Arte.

De su autobiografía, si me lo permitís,  quiero extraer el siguiente párrafo:


 

 

Josef von Sternberg

 

" Una húmeda tarde de verano interrumpió mis propósitos. Había entrado en un parque sin importarme mi destino cuando una tormenta me llevó a refugiarme  bajo un puente de piedra. Dos chicas asustadas llegaron huyendo de la lluvia y una de ellas se desmayó cuando cayó un rayo en un árbol cercano. Fue como si ese rayo lo hubiera mandado alguien de la sección de cine de allende las nubes. Al terminar la tormenta llevé a las dos chicas hasta la casa cercana de un amigo suyo. Salió a recibirnos un chico como yo, hablamos y me ofreció visitar el sótano de la casa para mostrarme, orgulloso, un aparato que había construido su padre. Esa especie de bombo de madera ocupaba de pared a pared, giraba, chirriaba y crujía. Por dentro y por fuera tenía enrollada una cinta de celuloide en espiral con agujeros en los bordes. Para aumentar todavía más la confusión, también había cepillos giratorios, botellas boca abajo, abanicos para el secado y poleas que temblaban al funcionar. El joven me explicó que este mecanismo era para limpiar películas cinematográficas y recubrirlas de una sustancia elástica protectora.

Entonces –y esto no ha cambiado tanto- la película se mostraba en pantalla de plata borrosa por la suciedad, las rayas y las manchas de aceite que la cubrían . Yo había visto algunas películas sin poder evitar el sentimiento de decepción y de desconfianza por lo que ocurría en ellas. De todas formas me impresionaba un actor que siempre tiraba a alguien de un acantilado. Moría al final entre un
torrente de arena y piedras para quedar enterrado totalmente después de que durante su actuación se hubiera retorcido su mano unas cuantas veces. Ver algo así costaba entre cinco y diez centavos y suponía permanecer en un lugar caliente unas horas, escuchando también música de piano. El precio incluía las manchas de aceite y rayas de la proyección. Otras cintas eran coloreadas a mano o viradas en color sepia o azul. Además no era cuestión de estar caminando todo el día.

Después de conocer al padre de ese chico pasé horas y horas con él en aquel sótano viendo como mezclaba productos químicos."

 

 

Pero deseo desarrollar minuciosamente su carrera profesionalidad.

Se merece estas líneas: